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EL
EMPRESARIO La cumbre de
Seattle José Fernando Merino
Merchán Con grandes protestas y oposición por parte de ciertos sectores de la opinión pública, ha empezado en Seattle la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), con representantes de 135 países y la presencia de más de cinco mil delegados, con la finalidad de fijar la agenda económica mundial de los próximos años, cuyo norte es establecer de forma definitiva las bases para un comercio mundial abierto a la libre competencia, sin fronteras ni barreras nacionales o arancelarias. La OMC como sucesora del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio), fue creada en 1944 para incrementar en condiciones de paridad las relaciones económicas entre los países, y con su reunión en Seattle se abre la novena ronda de negociaciones, también conocida como la Ronda del Milenio, y en la que se tratarán aspectos tan novedosos como el comercio electrónico, telecomunicaciones, comercialización de alimentos transgénicos, libertad de precios en sectores sensibles como la agricultura y la ganadería, contratación pública no discriminatoria, etc. La cumbre no sería tan importante si la OMC no tuviera estatuto de organización internacional con competencias específicas regulatorias (establecimiento a nivel mundial de un mercado único competitivo) y resolutorias (composición y arreglo de los litigios que se puedan plantear), ambas con efectos ejecutivos que alcanzan a millones de personas. Las resoluciones que se adopten tendrán tanto impacto planetario que tardarán en ser acordadas, por lo menos, tres años. Periodo de tiempo que durará la cumbre. Entre los objetivos que se ha marcado la Ronda del Milenio, se encuentra el alcanzar una reducción del 50 por 100 de los aranceles actualmente existentes, con lo que aumentará aproximadamente en 65 billones de pesetas anuales el comercio mundial. Esto sin duda favorecerá a Japón, Estados Unidos y UE, que en su conjunto suman el 40 por 100 del comercio mundial. En cambio, los países subdesarrollados o en vías de desarrollo se encontrarán ante un gran dilema. A saber: si abren sus mercados en cumplimiento de los acuerdos que se adopten en Seattle acabarán siendo colonizados por los países poderosos, y si los cierran para defenderse de las importaciones masivas, se aislarán respecto de la ola expansiva de crecimiento que se prevé para la economía mundial durante los próximos veinte años, y que según los expertos, oscilará entre el 4 por 100 y el 6 por 100 del PIB global. La globalización de la economía mundial es un hecho en sí mismo muy positivo y a buen seguro comportará prosperidad en términos generales para todos los países, en la medida en que la superación del proteccionismo localista hará crecer de forma incesante las transacciones internacionales y con ello se empezará a erradicar la pobreza. Siendo todo eso un dato cierto, no puede por menos de señalarse que existen ciertas zonas de sombras en la Ronda del Milenio, de aquí las protestas desencadenadas durante la inauguración de la Conferencia de Seattle. Nos referimos al hecho de que el desarrollo del comercio mundial por mucha prosperidad que genere, no puede permanecer ajeno al problema de la cancelación o de refinanciación de la deuda de los países que componen el Tercer y Cuarto Mundo, por no hablar de la reducción o exención de aranceles para los bienes y servicios procedentes de esos países. Solo una solución justa y comprometida a esta cuestión hará posible una economía globalizada real, en otro caso, se estará alimentando el círculo de la miseria o el dualismo existente de países muy ricos y países muy pobres. Por eso en la Ronda del Milenio deberán hacerse propuEstás en este sentido, so pena de sufrir un fracaso colectivo, al no superarse los espacios tradicionales de marginación y miseria. También resulta obligado exigirle a la Ronda del Milenio que promueva un tratado internacional para la defensa de la propiedad intelectual e industrial, que se encuentra seriamente amenazada, lo que incide muy negativamente en la auténtica libertad comercial y de tránsito franco de bienes y servicios. La libertad sin restricciones de transacciones debe apoyarse en un reconocimiento decidido de los derechos de propiedad intelectual e industrial asumidos mundialmente. Asimismo, hay que acabar con la inseguridad en los mercados laborales en las sociedades más avanzadas y de la excesiva proletarización de estos mismos mercados en los países que se encuentran en el umbral del desarrollo, buscándose un equilibrio entre seguridad y dignidad para los trabajadores. En este sentido Seattle deberá promover una legislación básica que recoja con carácter de mínimos para todos los Estados, un Código laboral. Bien está que el comercio mundial se desarrolle, pero es preciso dar entrada en este tipo de conferencias, que se sitúan por encima de las decisiones gubernamentales por el papel cada vez más creciente de las empresas multinacionales, a las organizaciones de usuarios y consumidores, ya que, en otro caso, se estaría perdiendo la perspectiva del papel del ciudadano en todas estas cuestiones, porque a la postre es el destinatario de todo mercado. No nos cabe duda que la aprobación de una propuesta en Seattle en el sentido que aquí se propone, comportaría un avance considerable, al incorporar al ciudadano en la toma de decisiones de orden económico a nivel mundial. En este marco habría que acoger las propuestas formuladas por muchos operadores, ciudadanos y fabricantes, de crear "zonas libres de aranceles en internet", dentro de un desarrollo globalizado de este servicio. Cabe todavía una última reflexión consistente en comparar los objetivos de Seattle: creación de un espacio económico libre de barreras y aranceles, con la situación que atraviesa la Política Agraria Común (PAC) en la UE, que vive bajo el llamado "efecto burbuja", o lo que es lo mismo, protegida por medio de subvenciones y ayudas sin fin para mantenerla a flote (más del 50 por 100 del presupuesto comunitario está destinado a subvenciones al campo, de las que España percibe un billón de pesetas al año). La UE debe empezar a cambiar su política agraria, no se puede pedir libertad total e indefinida para la circulación de sus bienes y servicios a escala mundial, y defender al mismo tiempo un modelo cerrado y subsidiado para la agricultura, y todo ello, por mucho que diga el Comisario europeo Fischler, que la agricultura europea es multifuncional, que va desde la producción de alimentos de alta calidad y seguridad a la creación de materias primas que se emplean en la industria y otros sectores. Finalmente, y al hilo de estas reflexiones, cabría plantearse qué pasa con el caso español. Pues no tiene ningún sentido que en un mundo cada vez más globalizado, en el que los mercados nacionales se diluyen para dar paso a espacios económicos supranacionales, se esté produciendo una ruptura continuada y en todos los frentes en la unidad del mercado nacional. Así, resulta paradójico que en aspectos tan esenciales como la legislación del suelo y ordenación del territorio, tributario, medioambiental, de trabajo, y en fín, de la propia defensa de competencia interna (Tribunal de Defensa de la Competencia), se estén creando dentro de nuestras fronteras espacios cada vez más diferenciados y cerrados entre sí, mientras por otro lado estamos asistiendo (y solicitando) la creación de un mercado único mundial. Se nos dirá que la cuestión obedece a razones de política interna pero la realidad es que la quiebra del mercado único nacional frenará la competitividad de nuestras empresas, violentará el principio de igualdad y nos hará perder credibilidad ante el exterior.
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