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TELETRABAJO
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¿Cuánto me costaría teletrabajar desde mi casa?
Para muchos, un cuento para no dormir. Tratamos de descubrir algunas de las claves en las que hay que pensar con mucho detalle antes de aventurarse en el difícil camino del autoempleo.

Luis Sotillos
luis@injef.com

INJEF

Muchos nos hemos planteado alguna vez la posibilidad de llevar a cabo nuestro trabajo cómodamente instalados en casa, contando con un buen equipo informático y mejor conexión a Internet, sin estar sujetos a desplazamientos ni horarios fijos.

Dejando al margen consideraciones del tipo ¿es para mi una opción adecuada teletrabajar? o ¿tengo el perfil psicológico y las aptitudes adecuadas para teletrabajar?, cuestiones que también deberíamos hacernos al enfrentarnos seriamente con esta posibilidad, debemos preguntarnos si somos conscientes del coste que nos supone realmente el teletrabajo desde casa frente a un esquema de trabajo "tradicional" en el seno de un centro de trabajo proporcionado por la empresa, y cubiertas nuestras necesidades por un contrato de trabajo y la subsiguiente nómina a final de mes.

En todo caso, echar cuentas desde el principio nos puede ahorrar más de un disgusto, y también puede ayudarnos a negociar con un posible empleador las condiciones bajo las cuales estamos dispuestos a ser contratados, pongamos como ejemplo, a través de un contrato de trabajo a domicilio (si le interesa analizar algunas modalidades de contratación para teletrabajadores previstas por nuestro Estatuto de los Trabajadores, puede hacerlo consultando un comentario anterior titulado "¿Cómo debe la empresa contratarme como teletrabajador?").

Teletrabajar desde casa es siempre una aventura: no se trata sólo de hacer lo que uno ya sabe de una forma distinta, sino que además el teletrabajador-en-casa se convierte de inmediato, y muchas veces sin saberlo, en empresario y emprendedor.

A lo largo del siguiente relato ficticio de lo que puede llegar a ocurrirle a cualquiera de nosotros tratamos de descubrir algunas de las claves en las que hay que pensar con mucho detalle antes de aventurarse en el difícil camino del autoempleo, y sobre todo, tratamos de exponer lo que no hay que hacer nunca (y se lo dice alguien que ha pasado por esta experiencia personalmente). Ahí va nuestro cuento:

Un conocido común nuestro se lanza un lunes por la mañana al mercado confiando en sus fantásticas dotes de programador de "applets" de Java, montándoselo por su cuenta, y decide comprarse el mejor equipo (o casi el mejor, es difícil estar siempre a la última) que puede encontrar en la tienda de informática de un amigo de su primo, porque se lo financian a dos años. Además sabe que podrá vender sus programas "en línea" a miles de potenciales clientes de todo el mundo desde su página web, porque además es casi bilingüe en inglés (o eso acredita su título de la Oxford University Press), así que contrata su acceso a Internet con un ISP (Proveedor de Servicios de Internet) que le da 5 MB de espacio para alojar su página personal.

Ni corto ni perezoso emplea una semana de su tiempo (pongamos 60 horas, porque duerme poco) en diseñar él mismo su web y darle publicidad, pongamos, en 40 directorios y motores de búsqueda del tipo Yahoo! Ya tenía programados 10 applets que él sabe que son fantásticos y muy, muy innovadores (sólo tardó 6 meses de duro trabajo nocturno en terminarlos, de lo cual se siente profundamente satisfecho), así que ya puede empezar a venderlos.

Consciente de que "hacer red" es fundamental, dedica aproximadamente 5 horas de su tiempo diario a conexiones a Internet ocupado en búsquedas para saber qué hace la competencia, seguir promocionando y retocando su web, atendiendo al correo electrónico, pasándose por los newsgroups, y porqué no admitirlo, echando unas parrafaditas en ciertos canales de chat de cuyo nombre no quiero acordarme, durante los dos siguientes meses.

Al cabo de este tiempo, por fin, los primeros frutos: dos webmasters, uno australiano y otro barcelonés, han descubierto la potencialidad de uno de sus programas escrito en Java, y han decidido enviarle sendos cheques por los 10 dólares USA que nuestro amigo pide por él, pero lógicamente esperan una factura remitida como dios manda por correo ordinario (el webmaster radicado en la Ciudad Condal le pide que no se olvide del IVA; al australiano le da igual, no sabe qué es el IVA ni le importa).

Lo importante es vender: durante el fin de semana corre la cerveza en el bar de la esquina para celebrarlo y todo es alegría y felicitación, hasta que alguien le ha preguntado inocentemente si se había dado de alta en el Impuesto de Actividades Económicas y en la Seguridad Social.

Nuestro amigo se siente un poco desconcertado: ¿Qué es el modelo 300 del IVA? ¿Cómo se emite una factura? ¿Libros registro de ingresos y gastos? ¿Seguridad Social? ¿Epígrafes de IAE? ¿IRPF? Su primer pensamiento revela cierta rebeldía: él no ha estudiado empresariales, y no tiene porqué conocer todo esto. El es programador.

No obstante, el lunes, ya más despejado, toma conciencia de que la persona que le planteó esas preguntas no lo hizo a mala fe, envidioso por su éxito, sino que realmente algo tiene que haber detrás de todo esto. Así que más animado inicia un interminable periplo durante las dos semanas siguientes por gestorías, delegaciones de Hacienda, oficinas del INEM, centros de la Seguridad Social, etc.

Ha transcurrido otro mes: ya es profesional autónomo en regla. Y en el mientras tanto ha logrado vender siete programas más. Las ventas van creciendo. Y una pequeña empresa de software ha contratado sus servicios como profesional freelance para realizar algunos trabajitos al mes, todo en C++. Parece que el negocio empieza a funcionar. No todo van a ser facturas de teléfono, declaraciones de IVA, plazos del ordenador, recibos por acceso a Internet y retenciones por el IRPF. Algunos ingresillos van llegando.

Pero en algún lugar de su cabeza se gesta la pregunta, quizá demasiado tarde: ¿Cuánto me cuesta teletrabajar?

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